Por decreto general
ya nadie morirá por un beso,
queda prohibido tantear bocas ajenas
o liar lenguas dulcemente impregnadas,
eso ya no,
ninguna transferencia de suspiros es inocente.
“Para desterrar toda lujuria” dice la letra,
privados de abrazos,
solos, a salvo en una burbuja,
implorando sobre micrófonos apagados
aún nos juzgaremos a través de pantallas,
adiós miradas directas sobre ojos desnudos.
¡Qué tiempos raros!
Por decreto general
embozaremos el morro y su gesto,
ahogaremos las risas, el crujir de dientes
levantaremos murallas, metro y medio entre nosotros
nunca más susurrar nombres
ni “te amos” en cuellos anónimos.
“Defender a toda costa la distancia entre nosotros”
cobijar con ausencias al anciano menguante,
a nuestra prole vamos a restringirle el aire,
el sol, la esperanza y su asombro.
Desprovistos de amigos y familia, beberemos amnesia.
Sin caricias, rubores o estímulos todo es más simple.
Finalmente, logramos devenir en gente sin yerros.
Por decreto general
dejamos de ser lo que éramos.
Antes podíamos morir a diestra y siniestra
de lunes a viernes, doblar turnos funerarios
en la mañana y al caer el sol, morir de nuevo
o en luna llena, sin remordimientos
todas nuestras muertes eran una misma,
eso nunca nos mató.
Hoy me revelo, reanimaré mis viejas quimeras
pondré la boca a disposición, agonizaré como pez insumiso
me levantaré de las cenizas, conquistaré los confines del Mictlán.
A mí la muerte no me agarra tibio,
prefiero resurrección.

